El surfista

Una tarde más se calzaba las chanclas y se anudaba a la cintura el pareo blanco con el dibujo de una hoja verde de cáñamo, bajo la cual aparecía escrita en letras minúsculas la palabra “peace”. Por encima, una camiseta comedidamente holgada y desgastada por el uso hacía entrever el bikini de gamas azules a juego con el mar.

Le gustaba pasear por la playa al atardecer, cuando el mar se embravece pero siempre muere suave en la orilla, refrescando los pies con el chapoteo del caminar ligero. Se agradecía la frescura del agua que, con cada pisada, contagiaba a todo el cuerpo desde la planta de los pies. Era una sensación de agradable contacto con la arena húmeda sobre la que estampaba sus huellas que no tardarían mucho en borrarse con la llegada de la siguiente ola.

Esa tarde de mediados de agosto, el paseo la condujo hasta el espigón que cerraba, como en un medio abrazo, la bahía. Recordaba a una larga lengua cuyas papilas rocosas servían de sendero a los atrevidos turistas convertidos en exploradores ocasionales. Además, era un lugar privilegiado para la pesca puesto que su margen derecho descansaba sobre el último tramo del río antes de encontrarse con el mar.

Allí estaba ella, sorteando las rocas, adaptando los pies a las formas angulosas y pétreas del camino, respirando la brisa de aromas salinos, sintiendo en el cuerpo el salpicar de las olas al romper con fuerza contra los peñascos. Su mente estaba concentrada en cada paso, su corazón en cada emoción que surgía. No existía el pasado, ni había futuro, sólo momentos, minutos eternos o fugaces instantes. Era una de las muchas cosas buenas que le traían las vacaciones, sobre todo el verano: desconectar de la rutina de los meses precedentes y de la agenda que ahora permanecía en el silencio más absoluto. Bendito silencio. La ausencia de estrés y el relajo le permitían disfrutar de cada fragmento, diminuto o no, de su particular existencia.

Observaba con cada paso sus pies negruzcos y fuertes, sin perder de vista el faro verde al final del camino que en un rato comenzaría a guiñar el ojo a las embarcaciones que se acercaran a la costa. Su mirada se cruzaba con los pescadores esperando pacientes el hundimiento del señuelo y con los paseantes que iniciaban su camino de retorno. E incluso se sorprendía con el gesto ufano de las gaviotas tras haberse zampado algún resto de comida de la arena. Desde el espigón registraba a cámara lenta toda la escena presente en la bahía.

Hasta que su mirada se detuvo en aquel surfista tumbado sobre la tabla. Si la corriente, el viento o las olas modificaban su posición perpendicular a la línea del horizonte, movía hábilmente los brazos redirigiendo la tabla con la pericia de un marinero que ajusta las velas, según la dirección y fuerza del viento, para mantenerse fiel a su rumbo. No tenía prisa, esperaba el mejor momento, la mejor ola, confiado en que la espera merecería la pena.

Como el surfista, por fin había aprendido que en la vida había que detenerse de vez en cuando para reajustar decisiones, clarificar objetivos, o esquivar aquello que le alejaba de sus valores, de su rumbo y en definitiva, de ella misma.

Esbozó una sonrisa. El surfista planeaba sobre la cresta de una majestuosa ola. La espera había merecido la pena.

El sol del atardecer pintaba de naranja la bahía. Había llegado el momento de volver a casa.

 

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