El surfista

Una tarde más se calzaba las chanclas y se anudaba a la cintura el pareo blanco con el dibujo de una hoja verde de cáñamo, bajo la cual aparecía escrita en letras minúsculas la palabra “peace”. Por encima, una camiseta comedidamente holgada y desgastada por el uso hacía entrever el bikini de gamas azules a juego con el mar.

Le gustaba pasear por la playa al atardecer, cuando el mar se embravece pero siempre muere suave en la orilla, refrescando los pies con el chapoteo del caminar ligero.

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Dulce despertar

Mientras dormía un duendecillo se ha sentado en el borde de mi cama, con mucho sigilo…

«schuuuu que no se despierte»

Con su manita pequeña me ha apartado de la mejilla que quedaba descubierta -siempre duermo boca abajo cual rano- un mechón de mi cabello asilvestrado por el sol y el agua del campo, y me ha regalado una caricia suave y delicada…

«te quiero mami, t’estime».

Un beso con sabor a gloria.

Con mucho cuidado para no hacer ruido se ha levantado y como patito ha salido de la habitación.

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Día 31. Tierra a la vista

Esta mañana ha sido el último amanecer, sereno y dulcemente ardiente, un redondo despertar con el sol en el horizonte. El último desayuno, sin gafas para verte con mayor claridad y con los sonidos matutinos de las gaviotas sobrevolando la costa.

Esta mañana avisté tierra ¡allá a la vistaaaaa!

La travesía ha sido larga y plena. He pescado en la bahía y me he convertido en estrella. He aprendido que el cambio tiene que surgir de uno mismo sin aferrarnos a los antiguos moldes de los que nos precedieron y poder vivir con libertad lo que llevamos dentro.

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Día 1. ¿Picarán o no picarán?

Ella era una mujer entrada en los cuarenta, vestía con suéter a rayas mimetizada con el mar, horizontales de azul océano y de espuma blanca de mar, y como la espuma pantalones que disimulaban su figura ancha de espalda, llana de posaderas y fina de piernas, nunca con faldas, nunca a lo loco, pero del mar marinera.

Ella estaba hecha de mar, del mismo Mediterráneo que le despertaba cada mañana en la bahía. Todavía no se había acostumbrado al estruendo sonoro de cada ola que se hacía eco de la inmensidad.

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20 minutos

Este año el trabajo le había dejado absolutamente exhausta, por ello estaba decidida a seguir algunas pautas de autocuidado que le permitieran recuperarse y atenderse a sí misma un poco más. Se había propuesto, sin rigideces, meditar un par de veces al día y cuidar su alimentación con unas buenas dosis de saludables frutas y verduras, aunque su dieta veraniega no podía quedar exenta de alguna que otra cerveza diaria muy fría. A su lista le seguía dormir ocho horas o más, olvidar por un tiempo la presión siempre autoimpuesta del trabajo,

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