El surfista

Una tarde más se calzaba las chanclas y se anudaba a la cintura el pareo blanco con el dibujo de una hoja verde de cáñamo, bajo la cual aparecía escrita en letras minúsculas la palabra “peace”. Por encima, una camiseta comedidamente holgada y desgastada por el uso hacía entrever el bikini de gamas azules a juego con el mar.

Le gustaba pasear por la playa al atardecer, cuando el mar se embravece pero siempre muere suave en la orilla, refrescando los pies con el chapoteo del caminar ligero.

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Día 31. Tierra a la vista

Esta mañana ha sido el último amanecer, sereno y dulcemente ardiente, un redondo despertar con el sol en el horizonte. El último desayuno, sin gafas para verte con mayor claridad y con los sonidos matutinos de las gaviotas sobrevolando la costa.

Esta mañana avisté tierra ¡allá a la vistaaaaa!

La travesía ha sido larga y plena. He pescado en la bahía y me he convertido en estrella. He aprendido que el cambio tiene que surgir de uno mismo sin aferrarnos a los antiguos moldes de los que nos precedieron y poder vivir con libertad lo que llevamos dentro.

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Día 15. Nada es lo que parece

A nueve alturas de distancia te me apareces como una cerilla negra con cabecita de nata.

Las olas del amanecer chocan contra las rocas en las que te anclas y un intrépido marinero se acerca para encender el fuego y calentar su taza.

Un ejército de hombres desfila cada mañana a una hora temprana, mientras, las mujeres preparan afanosas las casas.

Con sus sombrillas al hombro como fusiles en danza inician las maniobras hacia el campo de batalla.

Ya no es público cuando lo alcanzan.

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Día 1. ¿Picarán o no picarán?

Ella era una mujer entrada en los cuarenta, vestía con suéter a rayas mimetizada con el mar, horizontales de azul océano y de espuma blanca de mar, y como la espuma pantalones que disimulaban su figura ancha de espalda, llana de posaderas y fina de piernas, nunca con faldas, nunca a lo loco, pero del mar marinera.

Ella estaba hecha de mar, del mismo Mediterráneo que le despertaba cada mañana en la bahía. Todavía no se había acostumbrado al estruendo sonoro de cada ola que se hacía eco de la inmensidad.

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