Relatos Mindful

“La Mirada Atenta de Julia” es un blog que habla de Mindfulness en la vida cotidiana. Porque sólo cuando estamos con todos los sentidos atentos a lo que está ocurriendo en cada fragmento de tiempo, con una actitud curiosa, abierta, sin prejuicios y bondadosa, podemos decir que estamos viviendo de forma plena y de verdad la vida.

  • El surfista

    Una tarde más se calzaba las chanclas y se anudaba a la cintura el pareo blanco con el dibujo de una hoja verde de cáñamo, bajo la cual aparecía escrita en letras minúsculas la palabra “peace”. Por encima, una camiseta comedidamente holgada y desgastada por el uso hacía entrever el bikini de gamas azules a juego con el mar.

    Le gustaba pasear por la playa al atardecer, cuando el mar se embravece pero siempre muere suave en la orilla, refrescando los pies con el chapoteo del caminar ligero.

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  • El colgante móvil de techo

    La habitación estaba habitada por pájaros blancos como gaviotas, danzantes al ritmo de las notas y pendientes de unos hilos que les impedían soltar el vuelo, nunca vivido, desde ese rincón de la sala.

    Volar, querer volar… cuando los hilos atenazan las alas, y poseen el poder, otorgado por los años, de conferir contadas licencias: contemplar la mirada azulada de la mujer de negro del cuadro, oír el chirriar de las dos sillas milimétricamente dispuestas a ambos lados de la plomiza mesa, respirar el aire salino que el mar devuelve al romper de las olas o escuchar a la nada vitoreando cantos mortuorios que martillean lentamente el corazón.

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  • Con dos linajes, ¡ahora sí!

    Algunos lectores del blog me han preguntado en diversas ocasiones quién es Julia, la que mira atenta la vida y a la que le doy voz con mis palabras en este blog, y siempre contesto lo mismo: Julia soy yo.

    Yo visto con otro nombre en los papeles, con el de mi padre hecho mujer con María, y con él incorporada al linaje paterno, pero dejando en el olvido oficial, no sé si con intención o no, el que heredé de mi familia materna, porque Julia fue la abuela que conocí,

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  • Dulce despertar

    Mientras dormía un duendecillo se ha sentado en el borde de mi cama, con mucho sigilo…

    «schuuuu que no se despierte»

    Con su manita pequeña me ha apartado de la mejilla que quedaba descubierta -siempre duermo boca abajo cual rano- un mechón de mi cabello asilvestrado por el sol y el agua del campo, y me ha regalado una caricia suave y delicada…

    «te quiero mami, t’estime».

    Un beso con sabor a gloria.

    Con mucho cuidado para no hacer ruido se ha levantado y como patito ha salido de la habitación.

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  • Desamor: Primer minuto.

    Por primera vez vio en sus ojos una gélida indiferencia y su cuerpo se estremeció. Las palabras enmudecieron y, en ese preciso instante, supo que la piel quedaría huérfana de sus manos para siempre. Teñido por la angustia de la desesperanza, su corazón se desplomaba, gramo a gramo, en un vacío insondable desconocido para ella, y por primera vez, sintió miedo.

    Había llegado el final.

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  • El niño púrpura

    El día presagiaba subidas de temperatura por encima de los cuarenta grados, insólitas para un abril primaveral. A medida que pasaban las horas, el calor se iba haciendo más y más sofocante. Para poder sobrellevarlo, no quedaba otra que recurrir a los aparatos de aire acondicionado y a las ricas limonadas caseras con azúcar moreno habituales de los periodos estivales.

    Edu era un niño de siete años recién cumplidos, un rubio de cara fina con labios moderadamente gruesos y perfilados, ojos de color cambiante entre el verde, el azul grisáceo o el azul cielo según su estado de ánimo o las variaciones de la luz del día,

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