Sin tiempo

Pensaba recorrer los años hasta agotarlos, escribir, leer, respirar, mirar, descansar sin acudir al tiempo, sin agendas que dirigieran sus movimientos.

Ver a su hijo crecer, crear, procrear…

recreando su mirada sin tempos, con todo su aliento, sentada en la hamaca de su jardín de los sueños observando serena, sintiendo sin prisas, amando la vida, viviendo viviendo…

Ese día supo que no llegaría.

Ese día los almendros en flor lo habían escrito en el cielo, mientras conducía, era febrero, blanco febrero…

¡Y ella que quería llegar a viejita! 

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El niño púrpura

El día presagiaba subidas de temperatura por encima de los cuarenta grados, insólitas para un abril primaveral. A medida que pasaban las horas, el calor se iba haciendo más y más sofocante. Para poder sobrellevarlo, no quedaba otra que recurrir a los aparatos de aire acondicionado y a las ricas limonadas caseras con azúcar moreno habituales de los periodos estivales.

Edu era un niño de siete años recién cumplidos, un rubio de cara fina con labios moderadamente gruesos y perfilados, ojos de color cambiante entre el verde, el azul grisáceo o el azul cielo según su estado de ánimo o las variaciones de la luz del día,

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Los lunares de Julián

Asomando la cabeza a los arrecifes azules estaba Julián, sentado sobre un saliente, desde lo alto miraba hacia el mar.

¿Qué miras Julián?

Los lunares de mi camisa que se han caído en el mar. Hace frío y los busco, no sé qué ha podido pasar.

Estaba en casa jugando, oí gritar a mamá, mi hermano pequeño lloraba, mi padre me vino a abrazar. Un señor vestido de guerra entró y se puso a jugar. Mamá se hizo la muerta, mi hermanito dejó de llorar,

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La Antesala

La brisa entraba por la ventana de madera gastada, hacía tantos años que cumplía su función de ventana… Tenía otras funciones también propias de su condición de ventana. Había sido mirona, una eterna mirona hacia afuera y mirona también hacia adentro.

Afuera se deleitaba con un palmeral que ofrecía luces y sombras a los jardines. Se entretenía con las gentes que pasaban, algunas andaban tristes, desconsoladas o preocupadas por los que dejaban. Otras en cambio, andaban ligeras, vivaces, con los rostros encantados por las buenas nuevas: «¡es niño!»,

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