La Antesala

En estos días en los que diferentes culturas y tradiciones han rendido sus particulares homenajes a los difuntos, he sido testigo de la partida de una persona cercana, he presenciado los adioses entre dichos y no dichos, he asistido a rituales, he visto una familia unida, unas amistades reencontradas, he podido palpar la tristeza en los ojos, las palabras de apoyo y los silencios, he recorrido los recuerdos de una vida, compartiendo caricias y afectos ante un profundo dolor.

Con todo el sentimiento impregnando mi cuerpo y mi corazón, escribo una serie titulada “De la muerte y la vida” con la que quiero rendir mi personal homenaje a todas las personas que nos han dejado, a todas las que se han ido en medio de las sinrazones humanas y también celebrar la vida cuando la muerte llama a la puerta, se pasea por tu casa, mira a tu hijo y, caprichosamente o no, decide que no le ha llegado el momento.

“La antesala”, “los lunares de Julián” y “El niño púrpura”, dos relatos, un poema, en un continuo que va de la muerte a la vida o de la vida a la muerte, porque no importa en qué dirección se mire, una lleva a la otra e irremediablemente la otra lleva a la una.

Hasta dentro de dos semanas.

Julia.

La brisa entraba por la ventana de madera gastada, hacía tantos años que cumplía su función de ventana… Tenía otras funciones también propias de su condición de ventana. Había sido mirona, una eterna mirona hacia afuera y mirona también hacia adentro.

Afuera se deleitaba con un palmeral que ofrecía luces y sombras a los jardines. Se entretenía con las gentes que pasaban, algunas andaban tristes, desconsoladas o preocupadas por los que dejaban. Otras en cambio, andaban ligeras, vivaces, con los rostros encantados por las buenas nuevas: «¡es niño!», «por fin vuelvo a casa», o tal vez «prueba superada». Afuera el sol recreaba la vida, las alegrías y las penas, y transformaba la ventana de puertas para afuera.

De puertas para adentro la mirada cambiaba. Observaba callada, sentía dolida. Había visto entrar miles de caras durante sus años de ventana, y su dolor le golpeaba. Allí estaban postradas, inmóviles, marcadas, en el corredor de los Cuidados Continuados, en la antesala.

De puertas para adentro la mirada cambiaba. Observaba callada, sentía dolida. Había visto entrar miles de caras durante sus años de ventana, y su dolor le golpeaba. Allí estaban postradas, inmóviles, marcadas, en el corredor de los Cuidados Continuados, en la antesala.

Hoy la brisa entraba, estaba Juana, la tía Juana, en la antesala. Cuando la vi, La vi. Vi que sus palabras callaban, que de sus labios entreabiertos y secos sólo se escuchaba un susurro de su garganta. Los ojos se iban a un lugar desconocido, yo la observaba y me preguntaba: ¿qué ven sus ojos perdidos? ¿Qué piensan sus pensamientos? ¿Dónde estás ahora Juana? Pero Juana respiraba y no hablaba, ni miraba ni escuchaba.

Calladas las palabras, adiós a sus palabras. Se fueron los paseos, se acabaron los vestidos, se disolvieron los sueños. Estaba a dos días de su partida, ¿lo intuías Juana? Sí la ventana resabiada por las muchas partidas, sabía que el momento se acercaba, también su hijo, igual que su hija que ante la inminencia no se separaba, acostada en la cama, pegada a Juana, la abrazaba, la tocaba, la olía, la quería, la sentía. Se volvía niña.

Y la ventana presenciaba, una vez más, los adioses que llegaban.

Aquella tarde cuando el sol pasaba, el viento abrió la ventana. Entraba, la hora tocaba, la hija abrazada, el hijo la acariciaba, sus ojos se cerraron, sonrió a los pequeños, encontró a sus muertos y se marchó hacia ellos.

El viento cesó y aquella tarde la ventana se cerró. Había acompañado a otra alma, esta vez a la de Juana…

 

Dedicado con cariño a Marisol y a ti Juana.

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