Las zapatillas mágicas

Hacía mucho tiempo que no creía en los Reyes Magos.

Todo empezó a los 9 años cuando su primo le reveló la verdad, convirtiéndola -muy a su pesar y con el consiguiente disgusto ocasionado- en una guardiana más del Gran Secreto. Pasaron los años y se transformaron sus creencias, alejándose de las que había heredado de su familia. Ahora estaba casada y tenía un niño que, por herencia, tampoco creía en la magia de los tres reyes.

Pero aquella mañana del 6 de enero le despertaron unos sonidos que provenían del salón de su casa. Le resultaban familiares aunque no alcanzaba a descifrarlos. Parecían ser provocados por el crujir de papel, por las risas alborotadas y las expresiones de sorpresa en la voces de su hijo y de su pareja. Desde la cama trataba de mantenerse en un silencio imperturbable que le permitiera enfocar sus oídos única y exclusivamente a lo que ocurría en el salón y poder esclarecer esos códigos acústicos que la tenían con la mosca detrás de la oreja. Ante la imposibilidad de llegar a una solución definitiva a tales interrogantes sonoros, decidió levantarse.

Con el ceño fruncido por la curiosidad y el sigilo de quien no quiere ser descubierta ni perder detalle de lo que está pasando, sus pies se encaminaron hacia el largo pasillo que separaba la habitación de la fuente sonora. Avanzaba descalza, de puntillas, conteniendo la respiración. Los sonidos se hacían más cercanos y a medida que se aproximaba al salón se abrían sus ojos con asombro, como cuando era niña y se levantaba temprano por la emoción anticipada de lo que iba a encontrar en el balcón de su casa. A cada paso su estatura menguaba, su cara se iba despojando de las marcas de los años que le había traído la madurez, su pelo crecía y adoptaba un peinado infantil a dos coletas y su rostro se iluminaba dibujando un amago de sonrisa. Según avanzaba por el interminable pasillo experimentaba cambios que le acercaban a la niña de 9 años que fue y al llegar al salón, vio a su familia abriendo regalos. Uno llevaba escrito su nombre. No daba crédito. ¡Le habían dejado las zapatillas que hacía unas semanas había visto en aquel escaparate!

Esa mañana del 6 de enero mientras estaba en el balcón de su casa con sus 49 años vividos, sintiendo el sol que suave calentaba su cara, miró al cielo y vio una estela de colores que se perdía a lo lejos.

¡FELIZ DÍA DE REYES!

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4 respuestas a “Las zapatillas mágicas

  1. Me encanta, ese niño que llevamos dentro nunca muere, sólo busca la oportunidad de poder salir, deberíamos dejarlo salir más a menudo para disfrutar de cada maravilla de la vida con los ojos de la inocencia.

    1. El tener un niño en nuestras vidas ayuda a recordar y también a conectar con el niño o la niña que fuimos y es maravilloso. Gracias por tu comentario. Un abrazo de niña a niña.

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