Entre humos

Otra vez entre mis dedos, beso tu boca aspiro tu beso. Inhalo tu aliento que me quema a fuego a velocidad de vértigo llegando espeso a este corazón cansado de quererte todo el tiempo.

Cuando siento miedo eres mi respaldo y mi valor, seguro ilusorio, cobijo secreto, amigo sin condiciones que nunca falla cuando me pierdo, mi aval de éxito, el impulso de mis actos y el bastón en el que me apoyo porque mis piernas se volvieron cojas hace tantos años que ni recuerdo.

A veces ingenua te busco para emprender el vuelo, y ascender por la casa, atravesando el techo, los pisos superiores, el quinto, el sexto y del séptimo al tejado y del tejado como trampolín las antenas para dar el salto. Salto a lo alto observando el paisaje urbano, la ciudad que habito desde lo alto, para seguir el ascenso y perderme en el firmamento, consiguiendo en cada beso convertirme en punto negro, agujero vacío sin tiempo sin espacio, todo eterno. Así también te deseo.

Te deseo cada día y si no te tengo muero porque haces de mi aliento y si no te siento pierdo, pero no quiero quererte ni desearte ni anhelarte ni siquiera volver a tocarte… Porque con cada vuelo hay corsés en mi cuerpo, amarras a mis movimientos, me reflejas como estoy en este preciso momento, si busco tu respaldo o si me creo tu valor es porque no los tengo, si en ti encuentro mi impulso entonces es que no me atrevo, insegura sin valor me castigo a cada beso.

Por eso no quiero quererte ni desearte ni anhelarte ni siquiera volver a tocarte… Porque así soy lo que no quiero, y tengo miedo y no me suelto y no soy libre y no me atrevo.

17. LOS-HUMOS

El comentario de Julia ...

Querido lector, querida lectora,

A mi hijo, que tiene 8 años, le han diagnosticado una ligera miopía que hace que tenga que llevar gafas para ver la televisión y también para ver la pizarra cuando está en clase. El día que salimos de la clínica de optometría me dijo, entre lágrimas y enfados, que en el cole no pensaba ponerse gafas porque se burlarían de él y no quería pasar por ahí. De nada sirvieron mis argumentos y razones en favor del cuidado de sus ojitos, del no dar importancia a lo que los otros digan de uno si uno tiene claro quién es, etc. etc. etc. Pese a la larga ristra de motivos que le proporcionaba para que no sufriera pensando en todo lo que le podían decir, él seguía enrocado en un NO innegociable.

Esta semana he tenido una reunión con la tutora para tratar este asunto. En algunas ocasiones nuestra falta de recursos como padres o madres se ve compensada, afortunadamente, con la gran habilidad de algun@s maestr@s para resolver lo que a nosotr@s se nos hace difícil. Y efectivamente, así ocurrió. Mientras estaban en clase, la maestra cogió sus gafas y les preguntó: “¿alguién quiere probarse mis gafas?”, la respuesta no se hizo esperar alzándose frente a ella unas cuantas manos, entre ellas, la de mi hijo. Por razones obvias, él fue uno de los elegidos para la prueba y muy contrariamente a lo que podía esperar, chicos y chicas le dijeron que ¡estaba todavía más guapo con gafas! Un compañero, además, le comentó: “Mi padre dice que cuando vas al instituto y llevas gafas, tienes más éxito con las chicas, al menos eso es lo que le pasó a él”.  Cuando salió ese día del colegio, me miró sonriendo y me dijo: “Mami, la semana que viene llevaré las gafas al cole, mis miedos estaban sólo en mi cabeza”.  Me quedé estupefacta con el cambio de opinión y su reflexión y por descontado, con la estrategia de la tutora.

Cuento esta anéctota a propósito de uno de mis grandes caballos de batalla: mi adicción al tabaco. Llevo unos cuantos años fumando, tantos que he perdido la cuenta y mi memoria, que es muy sabia, no quiere recordar. Mis amigos investigadores en el campo de las adicciones dicen que siempre estoy en la etapa “contemplativa” que es la primera de las cinco o seis que se suceden cuando alguien decide abandonar una adicción. Llevo con la contemplación otros tantos años secuestrados por mi memoria. Al final, lejos de luchar contra el tabaco con todas las ofertas y terapias que están en el mercado, hipnosis, cigarrillos electrónicos, parches, chicles nicotinados, etc. que no me han servido de nada, decidí cambiar el enfoque y mirar con sinceridad qué provocaba mi obstinado mantenimiento en el hábito. Éstas han sido mis conclusiones: durante todo este tiempo, el tabaco ha cumplido una función muy relacionada con algunos miedos, esos que son universales, que están en mayor o menor medida en todos y cada uno de nosotros, como el miedo a no estar a la altura de las expectativas que “imaginamos” en los demás, miedo a fracasar, a que nos vean con otros ojos, y en definitiva, a que no nos quieran. Miedos que nos llevan a querer ser perfectos y autoexigentes en todas las facetas de nuestra vida, y a la larga nos generan grandes dosis de sufrimiento. El cigarrillo, en mi caso, era el apoyo para soportar la presión y la ansiedad que yo misma me imponía ante unos temores que, a fin de cuentas y como dice mi hijo, “están en nuestra cabeza”. Él ha decidido ponerse las gafas en clase y yo soltar el bastón ilusorio del cigarrillo, tratarme con cariño, y firmar con él un pacto de autocuidado que pueda prolongar mi vida, al menos, hasta los 90 años.

Con especial agradecimiento a Gloria (la tutora) y a l@s compañer@s de mi hijo.

Sed felices.

Hasta dentro de dos semanas.

Julia.

Entre humos es una poesia escrita con por

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6 respuestas a “Entre humos

  1. Es increíble ver como unas cabecitas tan pequeñas, puedan darnos grandes lecciones y hacernos aprender cosas que algunos adultos dejamos de tener en cuenta, desde esa etapa infantil.
    Este fin de de semana, mi hijo de 8 años también, compañero del cole y su gran inseparable amigo, nos contaba que el lunes su compañero de batallas iba a acudir al cole con gafas porque necesitaba llevarlas, hecho por el que seguramente sería aún más inteligente de lo que era, porque su profe, Gloria, tambien tenia y es listisima. Mi hijo está muy orgulloso del amigo que tiene, «me da igual mamá, yo lo quiero por como es».

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